Mariposas y Colmillos

Hemisferios en «vuelta al trabajo». El sonido de una cacerola al estallar contra el piso hace tronar la sirena que me despierta.

Debajo del árido desierto que pensaba que usaba como visor, se escondía un embalse dispuesto a ser la catástrofe que inundara el valle. Los sorprendidos villanos del pueblo usaron el derrame para bañarse y disfrutar del día.

He visto abrirse una flor preciosa, que ansiaba ser cortada. Ahora el tallo es titanio, tan tenaz que atenaza, y amenaza con retrasar el atardecer por el placer de hacer que dure más tiempo.

He visto sinsentidos y he sentido no saber sentir. Pero ya no, me cansé de asentir. No es sano no saber disentir.

Pero ahora ya sí. 

No es queroseno esto que riega mi barba de tres días. Más bien consta de un vino reposado y añejo, que en el momento de servirse sabe y se sabe valioso. 

Ando por los muros del palacio que os comenté, y no consta de espejos como los de un emperador receloso. Consta de cuadros preciosos, de alfombras moradas brillantes y salones acogedores. Y antes daba miedo, acuérdate. Qué rápido acoge el miedo y recoge los enseres para hacerlos combustible de hoguera. Pero el calor es mentira, no calienta. 

Ponte el polar, reponte y ponte a currar. Solo así repunta el despuntar en progresar.
Solo así ves mar.
Es más.
Solo así ves.

¿Lo ves?

No era el seso el timonel. Siempre fue el intranquilo y persistente repicar cardíaco el taquicárdico director. Así fue directo al error correcto, la paradoja de lujo que me acogió: cómo una tarántula pudo ser mariposa.

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