¿Qué miras?

Ya le he dicho varias veces que no puede mirar a la gente así porque me pone en compromiso. Que intente no pasear la vista desde los pies hasta la cabeza de las personas que pasean por la calle como si estuviese haciendo una resonancia magnética, o tratando de calcular la altura de cada cual con una especie de aplicación incrustada en el iris. También le he dicho que, sobre todo, no mire directamente a los ojos mientras se acuclilla de esa manera para cagar: ¡joder, interpela demasiado con ese gesto de apretar que le agrava la mirada! No puedes adivinar si está buscando algún recuerdo escondido en la memoria o tratando de matarte por telepatía. Se lo he dicho en muchas ocasiones, pero ni caso. Cuando le echo la bronca, susurrándole a gritos para no armar mucho escándalo en la calle, suele girar la cabeza y mirarme durante un par de segundos, haciendo que me escucha y simulando que no acaba de entender a lo que me refiero. A veces, me clava la vista a propósito mientras levanta una de las patas traseras para mear, provocándome.

¿Qué miras? No sabes la de problemas que tendrías en cualquier garito o discoteca con esa actitud de chulo, ¡flipao, que eres un flipao! — le digo.

Y entonces suele bajar la pata, resoplar, apartar la mirada y seguir caminando, dejando toda mi palabrería en la parte baja de la farola, cada vez más corroída por las gotas de pises acumulados.

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