El viejo, la torre y el tiempo (3)

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El día se le hizo increíblemente largo. El paisaje era de un monótono azul. El viento, inexistente. El cielo, sin nubes. El aburrimiento, poderoso. El viejo, lentísimo. El chico estaba muy seguro de que eso es lo que le hubiera parecido el camino dos días antes. En su lugar, empezó a acomodar su paso al de Papú. Empezó a mirar, a escuchar, a oler lo que miraba, escuchaba y olía el anciano. Le sorprendió la cantidad de animales y plantas que no conocía, la cantidad de colores, olores y sonidos que les rodeaban. Javin comenzó a entender que el mundo no era paisaje, sino hogar.

No pararon a descansar hasta la comida. Después del festín de frutas ─brevas, ciruelas, cerezas y dátiles─, salieron del camino principal y empezaron a ascender por un sendero que subía una colina frondosa.

Decididamente, Papú era lento, pero sorprendentemente ágil para su edad. En algunas partes del sendero, tuvieron que escalar alguna pequeña roca, vadear un arroyo, incluso trepar el tronco de un árbol caído. Para cuando salieron del bosquecillo de la colina, el cielo estaba coloreándose con un naranja intenso. Las lunas, blancas, empezaban a asomar por detrás de las montañas negras, con un cielo morado profundo detrás, que empezaba a motearse con un sinfín de estrellas. Javin no sabía si era por el cansancio del viaje, por el aprecio al detalle que estaba aprendiendo de Papú, o por qué otra cosa podía ser, pero el hecho era que no podía recordar ningún atardecer tan bello en su corta existencia.

El sendero que estaban siguiendo desembocaba en una aldea, que estaba en lo alto de la colina. Javin tuvo que mirar dos veces. Por un segundo pensó que estaban en su pueblo de nuevo: las mismas casas blancas de adobe y yeso con tejado plano, la misma entrada al pueblo con altares al sol y a las lunas, la misma plaza con una fuente idéntica, rodeada de palmeras, plataneros y moreras azules.

─¡Papú! ¡Papú!

Un grupo numeroso de niñas y niños salió de todas partes, dando la bienvenida de una manera muy efusiva al anciano. Entre las voces y risas agudas de la chavalada, se escuchó una voz grave.

─¡Papú! Querido anciano. Qué bien que hayas llegado.

Era una anciana, con el pelo azul, como acostumbraban a llevarlo todas las mujeres a partir de cierta edad, con un pañuelo rojo intenso ribeteado con oro. No era una anciana, era la Anciana del pueblo. Normalmente las decisiones se tomaban en asamblea, todo el mundo participaba en los debates y en las soluciones. Pero cuando hacía falta agilidad en las decisiones, era la Anciana quien se encargaba de hacerlo, siempre de manera justa y equitativa.

Papú sonreía mientras saludaba a pequeños y pequeñas, repartiendo fruta y abrazos.

─¿Y tú quién eres? ─dijo una niña mientras le lanzaba a Javin una mirada que, si le hubieran preguntado al chico, expresaba a partes iguales curiosidad y desaprobación.

─Hola, soy Javin. Vengo de un pueblo al norte de aquí. Estoy ayudando a Papú…

─¡Chico! No te quedes ahí parado, ¡ven! ─. La Anciana se acercó a Javin y le dio un abrazo bien fuerte─. Aquí en Rocablanca siempre damos la bienvenida a los viajeros, y más si caminan junto a Papú. Habéis llegado justo a tiempo para la cena, hoy celebramos la Fiesta de los Nombres.

La Fiesta de los Nombres era la fiesta a través de la cual las personas pasaban a ser consideradas adultas en su pueblo. Niñas y niños, al cumplir entre diez y trece años, pasaban tres meses viviendo en la cabaña de la Anciana. Al terminar los tres meses, se celebraba una fiesta en la que cada persona podía decidir entre mantener su nombre o cambiarlo. En cualquier caso, al terminar la cena, ya se les consideraría personas adultas y empezarían a vivir con más responsabilidades. Javin la había pasado el año anterior, y había decidido mantener el nombre que le dieron su madre y su padre. En su Fiesta de los Nombres, Javin era el más joven, con ocho años: en su pueblo había pocas niñas y niños, y todos era un poco mayores o bebés, así que la Anciana decidió que era mejor que la pasara acompañado con sus amistades y no en solitario a los pocos años.

Al entrar en la plaza, el chico pudo ver las decoraciones que colgaban entre los troncos de los árboles, los cojines y manteles puestos en distintos círculos concéntricos donde se sentaría todo el pueblo, mezclándose todas con todos, cambiándose cada poco para poder hablar y compartir la cena con la mayor cantidad de gente posible. También le llegó el olor a comida caliente: potaje de garbanzos y berzas, cebollas y puerros a la brasa, panes tostados con aceite de girasol y untados con crema de champiñones…El rugido de sus tripas sonó tan alto que pegó un respingo asustado. La risa de la Anciana le devolvió al presente y llenó de calidez.

─Te llamas Javin, ¿no es así? Muy bien, pues ayuda a los vecinos a llenar y colocar las jarras de agua.

El muchacho no se lo pensó dos veces. Le resultó absolutamente natural cumplir con la tarea, como si fuera su propio pueblo, como si estuviera trabajando hombro con hombro con sus vecinos y vecinas. Una alegría tranquila le llenaba el pecho.

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