—Arrodíllate.
El tiempo que tardes en obedecer esa orden
será proporcional a la esperanza que albergues.
Miénteme.
—Protege tu miedo porque tu miedo te protege.
No, no dejes que el miedo te guie o te perderás.
—No tendrías miedo si lo dieras.
Miro por la ventana, preocupada,
esperando que yo llegue sana y salva a casa.
Si te sales de lo corriente,
te empujarán para que regreses,
no sea que te percates de que puedes respirar.
El pez que en paz
vive
es el que nada
hace.
Una batalla jamás es cien por cien ganada.
Te enseñan a estarte quieto, pero
aunque te hagas el muerto,
pueden matarte.
—Calla.
Que el silencio es otra forma de partirte la boca, pero
menos molesta para ellos.
Cómo comportarte.
Tus actos te definen;
les da pánico atroz que seas tú mismo.
—Eres débil.
Todos los días mueres un poco y sobrevives.
Todos los días tiran de la correa
y tus pulmones aún ahogan miles de suspiros,
Olvidas tus logros porque se te exige.
Más, más, más alto, más para que no te escuches.
Arquitectos de vidas.
—Aquí tienes los planos. Ahora solito te lo montas.
Como Ikea.
Pero ni siquiera dan las herramientas
y ansían que seas pieza
de su maquinaria imperfecta.
Eres una torre.
Soy una torre y he de asumirlo para dejar de tambalearme.
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