Un cuenco donde recogerte

Es una pequeña corza

aquello que saboreo con mi lengua:

«No es tu cuerpo» tengo que repetirme,

para no evocar 

tu carne regada de amarillo

tu sabor que se me antoja

infinito

—como las tardes de diluvio,

como los barcos acercándose a la orilla,

como el vaivén azulado 

esperando a que llegues en las noches de hotel—.

Querría no escribirte estas palabras,

pero la lengua es un riachuelo salvaje

y las manos lo abarcan con forma de cuenco


querría no poder decirte «de echarte en falta

nace este lenguaje»,

pero la lengua es lo mismo que la ausencia

y las manos la abarcan en forma de cuenco. 

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