El viejo, la torre y el tiempo (1)

Alto como una torre. Y lento como el aburrimiento. El viejo se movía tan lentamente que a veces parecía no moverse en absoluto. Caminaba sin descanso, descalzo, ayudándose con su bastón, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Paso a paso, el viejo iba de aquí para allá, de pueblo en pueblo, subiendo y bajando por los senderos de las montañas, cruzando puentes, poniendo un pie delante del otro, y posando su mirada hasta en los detalles más insignificantes de la cosa más insignificante. Siempre en movimiento, siempre buscando algo. A la velocidad de una estatua.

A Javin le fascinaba la perseverancia del viejo, a pesar de no entender en absoluto qué propósito podría guiar sus pasos. En cambio, su padre, Berron, se ponía de muy mal humor e incluso agresivo cuando el viejo llegaba al pueblo. Javin tenía la sospecha de que era precisamente eso lo que molestaba tanto a su padre: el no saber qué ni por qué hacía el viejo lo que hacía. De hecho, nadie sabía quién era ni qué hacía.

Pero el viejo siempre había estado ahí. Desde que Javin tenía uso de razón siempre le había visto llegar al final de la semana, dirigirse a la fuente que había en el centro del pueblo y detenerse allí para refrescarse, beber y descansar. Nunca saludaba. Nunca respondía a las preguntas de nadie. Simplemente llegaba, bebía, descansaba, y seguía su camino.

Una tarde, el niño decidió acercarse al viejo, como tantas otras veces, pero en esta ocasión decidió no preguntar. La curiosidad ardía dentro de él, le consumía, pero había llegado a la conclusión de que era inútil preguntar, ni dulcemente ni con insistencia. El niño se acercó al viejo y le ayudó a llegar hasta la fuente, le rellenó un odre de piel más vieja que la del caminante, y le preparó un rincón bajo uno de los árboles de la plaza para que pudiera descansar del camino y del sol.

El viejo no dijo nada, pero cierto es que sonrió a Javin y miró con agradecimiento al chiquillo. Cuando hubo descansado, el viejo se incorporó y dirigió sus pasos hacia el camino de nuevo. Javin tomó otra decisión: le acompañaría. Quizá así, caminando a su lado, lograría comprender.

Y con la rabiosa determinación que solo tienen las personas jóvenes que aún no han sufrido demasiado, salió corriendo hacia su casa, para despedirse de su madre y de su padre. A la velocidad que iba el viejo, le daría tiempo de sobra.

─¡Madre! ¡Padre! ─exclamó Javin mientras se acercaba a la casa.

Encontró a su madre descansando a la sombra de la morera del patio, mientras su padre empezaba a encender el fuego para cocinar la cena.

─¡Padre! ¡Madre! ─La voz le temblaba de la excitación─. Me voy.

─¿Qué dices muchacho? ─La voz estentórea de su padre llenó el aire del atardecer─. No nos asustes así.

─Mi cielo, acércate y explícame.

A Javin se le llenaron los ojos de lágrimas cuando se encontraron con los de su madre, Lora.

─Me voy ─repitió─. Me voy con el viejo. Quiero, no, necesito saber adónde va. Volveré con él la próxima semana, te lo prometo.

El silencio reinó en el patio, interrumpido por el crepitar del joven fuego que había encendido Berron. La sorpresa enmudeció tanto al padre como a la madre.

─Me voy. Me cuidaré bien y cuidaré del viejo.

─¿Qué te ha contado esa vieja pasa arrugada? ─El no entender lo que estaba pasando siempre hacía que su padre elevara la voz. Javin lo sabía.

─¡Nada! Ni media palabra. Pero precisamente porque él no hablará, ¡iré con él y lo veré con mis propios ojos!

La risa de Lora cortó la tensión.

─Desde luego, no puedes decir que no sea hijo tuyo, Berron.

Berron parpadeó y miró alternamente a Lora y a Javin.

─Ya tienes casi diez años, Javin ─continuó la mujer─. Prométeme que tendrás mucho cuidado y que volverás la semana que viene.

─¡Lo prometo! Cogeré mi bolsa y saldré ya mismo. El viejo ya estaba caminando de nuevo.

Javin corrió desde su casa hasta la salida del pueblo. Localizar al viejo debería ser una tarea sencilla. El pueblo se hallaba en lo alto de una colina y sería fácil distinguir los ropajes claros del viejo sobre el fondo de hierba azul que dominaba estas tierras.

Pero no había ni rastro del viejo ni de sus ropajes ni, de hecho, de nadie. El camino de tierra que atravesaba los campos azules estaba totalmente despejado hasta perderse en el horizonte. El corazón de Javin empezó a latir cada vez más rápido.

Tap, tap. Alguien le dio dos golpecitos en el hombro. Javin se giró y ahí estaba el viejo, sonriéndole, tanto que enterraba sus ojos en un mar de arrugas. Sin dejar de sonreír, el viejo levantó su bastón señalando el camino. Javin asintió. Y comenzaron su camino, paso a paso, poniendo un pie delante del otro, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, a la velocidad de una estatua.

Continúa leyendo la parte 2.

3 respuestas a “El viejo, la torre y el tiempo (1)”

  1. ¡Me encanta! Quiero más 😍

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: